martes, 28 de agosto de 2007



Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,
rostro amado donde contemplo el mundo,
donde graciosos pájaros se copian fugitivos,
volando a la región donde nada se olvida.

Tu forma externa, diamante o rubí duro,
brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,
cráter que me convoca con su música íntima, con esa
indescifrable llamada de tus dientes.

Muero porque me arrojo, porque quiero morir,
porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera
no es mío, sino el caliente aliento
que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.

Deja, deja que mire, teñido del amor,
enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,
deja que mire el hondo clamor de tus entrañas
donde muero y renuncio a vivir para siempre.

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos límites de la vida.

Este beso en tus labios como una lenta espina,
como un mar que voló hecho un espejo,
como el brillo de un ala,
es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,
un crepitar de la luz vengadora,
luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,
pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

Vicente Aleixandre, Unidad en ella


Acepto la renuncia, acepto la derrota, acepto mi fracaso; respiro el amargo perfume de la rendición forzada, me empapa la lluvia sucia de la huída, me envuelve la vergüenza de mi incapacidad, como una niebla tan sutil como espesa. Y sin embargo, entre el miedo y la tristeza, infatigable animal sin conciencia, caprichoso duende de cruel carácter, implacable demonio sin moral, destructora deidad sin templo sagrado, ni más siervo que mi cuerpo, a cada paso late acompasado, firme, invencible, el deseo secreto de no rendirme, la voluntad nunca sometida de seguir luchando...

Buenas noches... todos los martes se acaban, finalmente.


Banda sonora para momentos difíciles:



2 comentarios:

Anónimo dijo...

…y finalmente esa lucha escondida es la que hace que la piel respire…

He llegado. Tarde, he llegado tarde, y no es que sea una costumbre en mí, pero últimamente mi reloj va desacompasado con respecto a mis necesidades.

Hoy envié a una amiga a la playa, a la orilla de cualquier playa. Y ya sé que tú sabes que es un recurso algo manido, o sobado, o sobatejiado, que dicen por aquí, más o menos, pero es que el mar es una metáfora de cualquier cosa. Es una rima que se fabrica sola. Es un poema, un hermoso poema siempre, embravecido a veces, sereno muchas otras, reflejando lunas que nadan por su superficie en las noches más bellas. Porque las noches son, casi siempre, ese manto que nos envuelve y nos acalora, aunque tiritemos bajo una toalla tras un baño furtivo.

Y pensarás que qué significa todo ese párrafo que no tiene mucho sentido. Pues no lo sé. Sólo sé que he llegado con prisas, buscando una sonrisa, un guiño que me devolviera un trocito de tranquilidad, o del saber que mis insomnios buscando respuestas sirven de algo, aunque sólo hablen de mares y orillas y playas vacías, y baños de risa en soledad, que suena un poco a locura, pero es una locura propia, auténtica. La locura de vivir.

O algo así.

Está claro que hoy las palabras y yo hemos reñido un poco, y se me atropellan como si anduviera borracho en una autopista. Así que prefiero dejarte al señor Hierro. Ya sabes que otros siempre han escrito antes, y, además lo han escrito todo y han escrito sobre todo, incluso sobre nosotros, sobre nuestro ayer, nuestro hoy, y quién sabe si sobre nuestro mañana, también. ¿Y qué más da si el mañana ya está escrito? ¿Y qué más da si es ridículo o no? ¿Si nos apetece enfrentarnos a él o no? ¿Por qué no disfrutar de nuestras pequeñas arrugas que llevan escritas palabras de lo que hemos vivido ya? ¿Y por qué no cambiar hoy? ¿Y por qué cambiar, en cualquier caso?. Yo, en cualquier caso, sigo creyendo en el mar. Y sigo acudiendo a él cuando dudo, cuando lloro y cuando río. En el mar celebro que, equivocada o acertadamente, sigo vivo.

Te deseo millones de martes bañados por mares de sonrisas. Tan poca cosa, sin embargo…

Acelerando.

Aquí, en este momento, termina todo,
se detiene la vida. Han florecido luces amarillas
a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa
cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.
Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia
en la noche, jadeando en la hierba,
trayendo en hilos aroma de las nubes,
poniendo en nuestra carne su dentadura fresca.
Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro.
Porque eran miles de kilómetros
los que nos separaban de las olas.
Y lo peor: miles de días pasados y futuros nos separaban.
descendían en la sombra las escaleras.
Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. “Ya es hora
-dije yo-, ya es hora de volver a tu casa.”
Ya es hora. En el portal, “Espera”, me dijo. Regresó
vestida de otro modo, con flores en el pelo.
Nos esperaban en la iglesia. “Mujer te doy.” Bajamos
las gradas del altar. El armonio sonaba.
Y un violín que rizaba su melodía empalagosa.
Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido
tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso.
Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad.
“¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer…?”, preguntábamos
al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía
con su poco de sombra con estrellas,
su agua de luces navegantes,
sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios
una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.
Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme
lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida,
y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor
gris que giraba en torno vertiginosa.
Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.
Los niños –quiénes son, que hace un instante
no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa:
“Qué ridículos, papá, mamá”. “A la cama”, les dije
con ira y pena. Silencio. Yo besé
la frente de ella, los ojos con arrugas
cada vez más profundas. Dónde la noche aquella,
en qué lugar del universo se halla. “Has sido duro
con los niños”. Abrí la habitación de los pequeños,
volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose.
ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon
los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor,
con sus noches de estrellas, con sus mares azules,
con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar pureza
bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella,
dónde el mar… Qué ridículo todo: este momento detenido,
este disco que gira y gira en el silencio,
consumida su música…

Joselita del Sur - Exilio Voluntario dijo...

Sabes, o deberías saberlo y ahora te lo digo por si acaso, que nunca llegas tarde, que siempre tienes la palabra adecuada y que a veces tengo la certeza de que me entiendes mejor que yo misma.

Un millón de gracias por comaprtir tu mar.

Y un millón de besos...